Karim Kristell
Fundadora de Mente Colectiva
Hay algo profundamente incómodo en la inteligencia artificial. Pero no tiene que ver con su capacidad técnica ni con la velocidad con la que avanza. Tiene que ver con algo menos evidente y mucho más cercano: lo que deja al descubierto de nosotros mismos.
Durante años hemos hablado de la IA como una herramienta, como una promesa de eficiencia o como una amenaza futura. Sin embargo, en la práctica cotidiana —en ese momento simple en el que alguien escribe una instrucción y espera una respuesta— ocurre algo más interesante: la tecnología no solo responde, también refleja.
Y en ese reflejo empiezan a aparecer patrones que no pertenecen a la máquina, sino a la forma en la que pensamos, decidimos y reaccionamos.
Basta observar qué sucede cuando la inteligencia artificial no responde como esperamos; cuando tarda unos segundos más, cuando no entiende la instrucción o cuando entrega una respuesta incompleta. La reacción suele ser inmediata: frustración, impaciencia e incluso rechazo.
Podríamos atribuirlo a una falla técnica, pero en realidad ese momento revela algo más profundo.
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