Kristen Whitmore
VP de Consumer Intelligence & Analytics en Lotame
Todos soñamos con que nuestras acciones encajen perfectamente con lo que pensamos y sentimos. Pero, en realidad, eso casi nunca sucede. Lo mismo ocurre cuando compramos, ya sea algo grande, como un automóvil, o productos cotidianos.
Para los marketers, esta desconexión puede resultar frustrante. Una persona dice algo en una encuesta y quiere proyectar cierta imagen, pero al final termina eligiendo otra cosa.
Piénsalo: alguien investiga automóviles eléctricos y deja una huella digital que demuestra un interés real. Sin embargo, si en su ciudad —como todavía ocurre en buena parte de México y Latinoamérica— no existen suficientes estaciones de carga, probablemente terminará comprando un automóvil de gasolina.
También puede suceder con algo mucho más sencillo: sabes que un cepillo de bambú es la opción sustentable, pero durante un viaje lo dejas en casa y compras uno de plástico en la tienda más cercana porque resuelve una necesidad inmediata.
Esta tensión aparece en la vida cotidiana y, por supuesto, también se refleja en los datos. En las encuestas, las personas suelen responder lo que “deberían” hacer y no necesariamente lo que hacen. Es el llamado sesgo de deseabilidad social: aunque nadie nos esté observando, elegimos la respuesta que creemos que suena mejor.
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